martes, 28 de abril de 2009

Como ocurrió

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Mi hermano empezo a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.

- En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosion, y el universo...

Pero yo había dejado de escribir.

- ¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.

- Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.

- No pongo en duda tu inspiración -aseguré. Era mejor que no lo hiciera. El es tres años mas joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiracion. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.- Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un periodo de más de quince mil millones de años?

- Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevo. Lo tengo todo aquiídentro -dijo, palmeandose la frente-, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo habia dejado el estilo sobre la mesa.

- ¿Sabes cual es el precio del papiro? -dije.

- ¿Qué?

Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiracion no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.

- Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendras que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendre que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabaran cayendo. Ademas, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tu tengas la voz y la fuerza suficientes. ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:

- ¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?

- Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran publico.

- ¿Qué te parecen cien años?

- ¿Qué te parecen seis dias?

- No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.

- Ese es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?

- Oh, está bien -concedió, y empezo a dictar de nuevo-. En el principio... ¿De veras han de ser solo seis días, Aaron?

- Seis días, Moisés -dije firmemente.


Isaac Asimov
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lunes, 27 de abril de 2009

Freud en la nota roja

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De frente al espejo y apuntando a él tiró del gatillo, convencido de que ese homicidio simbólico —el de su propio reflejo— acabaría también con el hombre infeliz que hasta entonces había sido, pero el revólver se atascó y del cañón no salió ningún disparo. Mientras luchaba por destrabar el arma miró, no sin terror, cómo la figura que tenía enfrente —su propio reflejo— le apuntaba con el reflejo del revólver a la altura de la cabeza. Una detonación precedió al choque entre un bulto y el parqué. No hubo estrépito de cristales. En los encabezados de nota roja, al día siguiente, podía leerse: «Suicida narcisista».


José Luis Enciso
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sábado, 25 de abril de 2009

Los dos lados del cristal

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Durante mucho tiempo me dediqué a la observación con paciencia de pescador. Anotaba, registraba, medía, comparaba. Mi intención era la de llegar a confirmar o modificar, según el más escrupuloso método científico, la hipótesis inicial.

La institución que me subvencionaba estaba muy interesada en el resultado final de mis trabajos. Ellos venían cada poco tiempo a preguntarme, yo les enviaba informes con regularidad y ellos me los devolvían con nuevas cuestiones que yo a mi vez integraba en mi investigación.

A diferencia de otras instituciones, ellos nunca me negaron recursos, dinero ni apoyo material. Mis colegas me envidiaban. Yo mismo me daba envidia, si me veía a mí mismo con cierta distancia, como si yo fuera otro (eso no es problema para mí: soy un científico).

Mi único problema apareció con el tiempo, y estaba muy relacionado con el tiempo, precisamente, si entendemos que el tiempo es como una flecha bien dirigida que debe ir a parar a algún sitio (eso tampoco es problema para mí: soy un científico bien orientado).

La perplejidad —que no me molesta mientras sea una sobria costumbre, un moderado hábito de asombrarse, y no un vicio— me empezó a inquietar cuando me di cuenta de que a cada nuevo descubrimiento mío ellos respondían con una nueva pregunta. Cada vez que yo, honradamente, daba por terminada mi investigación, ellos la reiniciaban con nuevos objetivos, nuevas metas, a veces absurdas o infantiles, como si quisieran prolongar mi estudio indefinidamente, y sólo por gusto, porque sí, porque no querían que se acabara aquel amor eterno entre el científico y su institución protectora.

Poco a poco —lo confieso— me fui percatando de que el objeto de la investigación era yo: mis reacciones, mis entusiasmos, mis decepciones.

Cada vez que yo les comunicaba mis avances, que yo creía importantes, ellos anotaban sus observaciones sobre mis estados de ánimo. Es posible que ellos mismos me hayan facilitado los descubrimientos que llegué a hacer, así como me han impedido que llegara a hacer otros, sólo con el fin de estudiar mi frágil psicología.

¿Qué debo hacer ahora? ¿Renunciar? ¿Denunciar?

Durante mucho tiempo lo estuve dudando. Por una parte me vencía la indignación. Por otra parte vivía bien, tenía dinero y no me faltaba prestigio.

Ahora ya sé lo que voy a hacer. Seguiré observando. Seguiré anotando (soy un científico que no sabe ser otra cosa).

Por una parte, soy consciente de no ser más que una rana para ellos. Por otra parte, una rana que se sabe manipulada ya es algo más que una rana.

A partir de ahora, mi campo de estudio es infinito: además de mis viejos objetos de investigación me incluye a mí, incluye a los que me estudian a mí, e incluirá algún día —no puedo pensarlo sin sentir un frisson d´horreur— un punto central desde el que todos los observadores son observados por alguien que a su vez es observado...

Miguel Ibánez de la Cuesta
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viernes, 24 de abril de 2009

Lo que está por llegar

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No te pongas nervioso si sólo encuentras ballenas varadas y barcos fantasmas, que lo bueno todavía está por llegar.

Tus relatos, mis delitos, y cualquier naufragio de palabras encallará por esta playa, hoy por hoy desierta. Porque el eco de mi voz no resuena todavía, pero te aseguro que lo hará.

Tan sólo necesito un poco más de tiempo.
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