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miércoles, 6 de mayo de 2009

La crueldad de las sombras

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«¡Nunca más volverás a verme! ¡Te lo juro!», gritó ella. Sus pies trastabillaron mientras se dirigía a la salida, luego de aquella ruptura amorosa. El portazo subsiguiente propició una ventisca que desaliñó un mechón oscuro y lacio sobre las gafas ambarinas de un hombre que, sentado en una silla en el centro de la habitación, cogía con su mano izquierda los mangos de dos bastones y alternaba, con la diestra, caricias a dos lazarillos echados a sus pies.

Nadie vio, y Dios lo sabe, la galería incompleta de dientes grises que aquel hombre mostraba mientras reía al escuchar el estrépito lastimoso con que la mujer recién ida rodaba por las escaleras, incapaz de bajarlas ilesa sin la ayuda de su perro y de su bastón.


Jose Luis Enciso
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domingo, 3 de mayo de 2009

Inseparables

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Luego se fue corriendo. Pero ella le siguió. Y no se separó de él en todo el trayecto a casa. Empezó a sentirse incomodo. Aquello estaba resultado realmente muy extraño. Después de un tiempo sin ella creyó necesitarla, pero descubrió que lejos de ella no se estaba tan mal, un poco sólo quizá en contadas ocasiones, pero había veces que prefería la soledad que ella nunca le brindaba a esa incomoda situación. Su regreso había sido culpa suya, pero decidió cargar con las culpas a otro. ¿Por qué Wendy le habría cosido de nuevo su sombra?


Jorge Bravo Jiménez
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