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sábado, 23 de mayo de 2009

El hombre ilustre y la madeja de hilo

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La primera palabra del hombre ilustre fue: mamá.

La última, apenas una exhalación en la que algunos creyeron reconocer el nombre de uno de sus personajes literarios; otros una grosería; otros un simple ¡ay! prolongado, esforzado y fatal.

Entre ambas palabras hubo una larga carrera de discursos, novelas, conferencias, solemnidades, declaraciones, vulgaridades, confesiones, hipocresías, lirismo, vanidades, palabras de amor, de odio y de estudiada indiferencia.

El hombre ilustre se había pasado la vida desenredando el laberinto de las palabras, como cuando uno se empeña en desenredar una madeja de hilo llena de nudos, simplemente porque el hilo y los nudos están ahí, exhibiendo malignamente su embrollo como un reto, para darse cuenta al final de que en realidad con un pequeño extremo le hubiera bastado para coser un botón.


Miguel Ibáñez de la Cuesta
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miércoles, 13 de mayo de 2009

Pastel de manzana

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Chipsleeper Twilight asomó su carita redonda y pecosa por la puerta entreabierta del cuarto de baño.

-Mami, voy a casa de la señora Pilcher a llevarle un trozo de pastel de manzana.

-De acuerdo, cariño; pero no tardes mucho... Y ten cuidado.

Chipsleeper Twilight fue hasta la cocina y tomó de la mesa el envoltorio de papel de aluminio que contenía el trozo de pastel de manzana para la señora Pilcher. Dongdiling, dongdiling, se fue corriendo y saltando, atravesó su lindo jardín y salió a la calle. Pasó junto a la casa de los Babbock, que preparaban una barbacoa, y aprovechó para sacarle la lengua a Fatcreepycat, el gato gordo y horrible que se alimentaba con la grasa que chorreaba de la barbacoa.

-Eres una niña odiosa, Chipsleeper Twilight -le dijo la señora Babbock-, y no me extrañaría que terminases en la barriga de un comunista.

Sumamente enojada, Chipsleeper Twilight se transformó en un negro con radiocassette al hombro y, a ritmo de rap, comenzó a cantar:

-«Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma...»

Cuando llegó a «Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente...», los Babbock, incluido el gato, se retorcían por el suelo echando espumarajos por la boca.

Chipsleeper Twilight, de nuevo pequeña, sonrosada y pecosa, continuó su camino.

Un poco más adelante vio a Gerald Mudtreader chapoteando en el barro.

-Yo solía ser un niño muy limpio -le dijo a Chipsleeper Twilight- hasta que comprendí que así no iba a ninguna parte. La familia es la familia. Ya sabes lo que quiero decir.

Chipsleeper Twilight no sabía lo que Gerald Mudtreader quería decir, pero no le hizo mucho caso porque estaba pendiente de un par de tipos que pasaban por la acera de enfrente. Eran un hombre delgado con sombrero y gabardina y otro que, curiosamente, vestía el uniforme reglamentario de la Gendarmerie francesa. El francés dijo «Tócala otra vez, Sam», lo que hizo que el de la gabardina quedase perplejo. No obstante, se recuperó rápidamente y respondió «Creo que éste puede ser el comienzo de una gran amistad». Un europeo cincuentón que pasaba por allí comenzó a babear de gusto. Se oyó el ruido de un avión al despegar y Chipsleeper Twilight siguió su camino.

Estaba ya en la entrada del jardín de la señora Pilcher.

Cuando llegó hasta la puerta de la casa comprobó que estaba entreabierta. No obstante, recordando su buena educación, llamó.

-Señora Piiiilcher -dijo.

Pero no contestó nadie, de modo que empujó la puerta y entró. Todo estaba patas arriba, los muebles destrozados y un montón de ejemplares del Reader´s Digest por el suelo. En una de las paredes del pasillo, pintada en letras rojas, Chipsleeper Twilight pudo leer la palabra MURDER y debajo de ella, en caracteres más pequeños, IN GOD WE TRUST. Chipsleeper Twilight se acercó hasta el horrible graffiti para comprobar que, efectivamente, estaba escrito con sangre, posiblemente del grupo AB. Al pie de las escaleras pudo ver una mano solitaria y ensangrentada y unos metros de intestino delgado colgando de la barandilla. Chipsleeper Twilight temió lo peor. Entró en la cocina y allí vió confirmadas sus sospechas: la cabeza de la señora Pilcher reposaba sobre la mesa y por el suelo, esparcidos, estaban los trozos restantes de su cuerpo. Chipsleeper Twilight hizo un mohín de enfado, golpeó el suelo con su piececito y exclamó:

-¡Oh, señora Pilcher, ya no podrá decirme cómo quedó mi pastel de manzana!


Juan Carlos Montilla
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viernes, 1 de mayo de 2009

Intercut

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Se encendieron las luces y todos se levantaron para salir, menos ella.

Estaba sentada en la última fila, rodeada de silencio y de pop corn cuando la empleada se le acercó pensando que dormía. Observó primero sus ojos cerrados y después la boca, que parecía sonreír. Sólo entonces se percató del collar de rojo brillante y sólo después supo que era sangre. Un tajo perfecto, trazado con precisión y con arte.

En la película que luego hicieron sobre el caso, la acomodadora grita: en la secuencia siguiente tenemos ya el cuerpo en la camilla entrando en la ambulancia rodeada de policías y curiosos. En realidad la chica no emitió ningún sonido ni hizo ningún movimiento. Estaba tratando de inventarse un escape desesperado, convencerse de que aquello no sucedía de verdad, porque no podía ser que la escena con la que la película comenzaba estuviera ahora fuera de la pantalla y al final, cuando ya los créditos habían terminado y el cine estaba vacío.

Era la única parte que había visto de a trozos, mientras señalaba el camino a los espectadores atrasados. Se había dicho que el lunes, su día libre, vendría a verla con su novio. No podía saber entonces que el filme que harían sobre el crimen reproduciría la escena de la película verdadera y la mostraría a ella caminando en la penumbra con su linternita, conduciendo al tío aquel y tratando de espiar la pantalla para saber por qué todos gritaban en ese momento.

Por eso no supo que en ninguna de las dos películas había nadie sentado en la butaca. Todavía no. La que aparecía muerta, con el cuello seccionado, era la acomodadora. Había sido sólo un intercut premonitorio de la imagen que los espectadores verían cuando ella estuviera muerta. Una ocurrencia de su mente que nunca nadie sospecharía. Qué alivio.

Fue entonces cuando sintió el tirón en el pelo y la sensación de que le arrancaban el collar que no llevaba puesto.


Pablo Brito Altamira
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lunes, 27 de abril de 2009

Freud en la nota roja

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De frente al espejo y apuntando a él tiró del gatillo, convencido de que ese homicidio simbólico —el de su propio reflejo— acabaría también con el hombre infeliz que hasta entonces había sido, pero el revólver se atascó y del cañón no salió ningún disparo. Mientras luchaba por destrabar el arma miró, no sin terror, cómo la figura que tenía enfrente —su propio reflejo— le apuntaba con el reflejo del revólver a la altura de la cabeza. Una detonación precedió al choque entre un bulto y el parqué. No hubo estrépito de cristales. En los encabezados de nota roja, al día siguiente, podía leerse: «Suicida narcisista».


José Luis Enciso
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