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Hacía tiempo que sentía aquel dolor punzante, y harto de que los médicos me mirasen extrañados y me enseñaran análisis confusos, acudí a los psicólogos. Me recosté sobre varios divanes, pero tuve la misma suerte que con las camillas de las consultas. Nada. Tampoco ellos pudieron decirme qué me ocurría. No les culpo, ni era ni soy capaz de describir con exactitud aquella dolencia; a veces era un pinchazo que sentía cerca del pulmón, otras, un picor en los ojos cuando, de madrugada, me quedaba a oscuras en mi cuarto, en ocasiones era una sensación de fiebre y ahogo que me obligaba a respirar a grandes bocanadas, y en otras, aunque nada me doliera, no podía parar de llorar.
Quise compartir mi situación con la familia y amigos pero en nadie hallé un alma gemela que hubiera pasado por lo mismo o que, simplemente, quisiera comprender mi estado.
Tuve que enfrentarme pues, yo solo a aquel malestar. Decidí sentarme frente a él y diseccionarlo, al igual que un sapo en una mesa de laboratorio, y comprobé que se hacía más sutil y corrosivo en los días de lluvia, tras el estallido de un orgasmo o durante mis paseos nocturnos a la sombra de los parques; y que siempre me asaltaba en soledad.
Poco a poco, el dolor se convirtió en un obstáculo que me impedía llevar lo que absurdamente se conoce como una vida normal; no supe perder mi trabajo ni tampoco encontrar uno nuevo, era incapaz de relacionarme en fiestas donde todos los demás llevaban antifaces (yo siempre llevaba mis sentimientos pintados en la cara), y se me hacía imposible amarme a mí mismo con la misma ternura y comprensión con la que amaba a las mujeres. Mi vida se convirtió en una espiral: el dolor era la causa de que lo estuviera perdiendo todo, y al perderlo todo, aumentaba el dolor. Mi dolor.
Sólo había una cosa que parecía servirme de bálsamo, enfrentarme a una hoja en blanco y llenarla de disparates, líneas y garabatos. En tales ocasiones, se producía un silencio, una desconexión que me hacía olvidar todo e imaginaba dragones de plata y latón, una lluvia de sombras o gente diminuta habitando en los zapatos de los animales. Pasaban horas y era capaz de viajar lejos; dejar el mundo atrás.
Luego, normalmente, amanecía, y de mis increíbles viajes sólo quedaba un puñado de letras que no se acercaban ni a la sombra de aquellas fantasías. Me iba a la cama derrotado y, en mitad de los sueños, volvía a dolerme todo, de los pies a la cabeza; desde la piel al alma.
Seguí yendo a especialistas, tanto de la medicina como de otros campos y, cuando ya había perdido toda esperanza, un gurú, tras una cortina de humo y envuelto en la oscuridad de su cabaña, me dijo con voz profunda y lúgubre:
- Debes matar al duende.
Aquellas palabras resonaron en mi cabeza durante semanas, ya que el gurú no se molestó en añadir ninguna explicación a su sentencia.
De conciliar el sueño al alba pasé al insomnio, con la mente colapsada; tratando de dar forma ese duende del que debía ser el asesino. La búsqueda de aquella figura llenó la monotonía de mis días e invadió mis noches con despiadada insolencia. Pasaba las horas asomado al balcón, entre cigarro y cigarro, buscando sentido a las palabras:
MATAR AL DUENDE
Los días se convirtieron en parpadeos, las semanas en viajes de ida y vuelta de mi cuarto a la cocina; los meses, en duchas de agua caliente a mitad de julio. Estaba totalmente estancando, hundido hasta las rodillas en un apático pantano. Las conversaciones con los amigos se me volvieron aún más amargas, ceniza los besos y el alcohol me sumía en un pozo del que no podía ver la salida.
Nada, no había nada en mi vida.
Sólo el objetivo, mi desconocida víctima, el duende.
El duende, el duende, el duende, el duende, el duende, el duende.
Dejé de lado mis fantasías y mis letras y mis hojas llenas de memeces que tanto bien me hacían.
Fue entonces cuando comprendí.
Por mi odio natural a los relojes, no sabría decir cuánto tiempo pasó desde mi enigmática visita al gurú hasta el día en que, al fin, comprendí. Lo único de lo que me percaté fue de la desaparición del dolor. Y, amargamente, reconocí a mi duende: mi amor por la escritura; mi devoción al folio y a la letra era causa de que la vida no fuera para mí más que una tarea taciturna y penosa. Yo quería escribir mis cuentos con estrellas en lo más profundo del firmamento. Llegué a amar tanto a mis fantasías; les tenía tanta y tan poca merecida estima, que me dolía todo mi ser al verlas relegadas al burdo papel y a la mísera tinta.
Aquel mismo día, decidí dejar de escribir, maté a mi duende.
Fue, como a mí me gusta llamarlo, mi bendita lobotomía. Se fueron el dolor y la incertidumbre, y di la bienvenida al mundo de las personas y sus fiestas de antifaces, no me costó encontrar un nuevo trabajo y atender a las conversaciones sobre política, deportes y la cesta de la compra.
Ya no sufro de insomnio y madrugo todos los días.
Se podría decir que casi me he convertido en (oh, dios mío) un reloj que da la hora exacta. Casi tengo con la certeza para asegurar que sí, que soy feliz. Pero, de vez en cuando, echo de menos a mis dragones de plata y latón, mis lluvias de sombras y mi gente diminuta viviendo en los zapatos de los animales… joder, incluso podría asegurar que añoro aquel intenso dolor que tanto me corroía. Aquel dolor que sólo era mío y de nadie más.
Quise compartir mi situación con la familia y amigos pero en nadie hallé un alma gemela que hubiera pasado por lo mismo o que, simplemente, quisiera comprender mi estado.
Tuve que enfrentarme pues, yo solo a aquel malestar. Decidí sentarme frente a él y diseccionarlo, al igual que un sapo en una mesa de laboratorio, y comprobé que se hacía más sutil y corrosivo en los días de lluvia, tras el estallido de un orgasmo o durante mis paseos nocturnos a la sombra de los parques; y que siempre me asaltaba en soledad.
Poco a poco, el dolor se convirtió en un obstáculo que me impedía llevar lo que absurdamente se conoce como una vida normal; no supe perder mi trabajo ni tampoco encontrar uno nuevo, era incapaz de relacionarme en fiestas donde todos los demás llevaban antifaces (yo siempre llevaba mis sentimientos pintados en la cara), y se me hacía imposible amarme a mí mismo con la misma ternura y comprensión con la que amaba a las mujeres. Mi vida se convirtió en una espiral: el dolor era la causa de que lo estuviera perdiendo todo, y al perderlo todo, aumentaba el dolor. Mi dolor.
Sólo había una cosa que parecía servirme de bálsamo, enfrentarme a una hoja en blanco y llenarla de disparates, líneas y garabatos. En tales ocasiones, se producía un silencio, una desconexión que me hacía olvidar todo e imaginaba dragones de plata y latón, una lluvia de sombras o gente diminuta habitando en los zapatos de los animales. Pasaban horas y era capaz de viajar lejos; dejar el mundo atrás.
Luego, normalmente, amanecía, y de mis increíbles viajes sólo quedaba un puñado de letras que no se acercaban ni a la sombra de aquellas fantasías. Me iba a la cama derrotado y, en mitad de los sueños, volvía a dolerme todo, de los pies a la cabeza; desde la piel al alma.
Seguí yendo a especialistas, tanto de la medicina como de otros campos y, cuando ya había perdido toda esperanza, un gurú, tras una cortina de humo y envuelto en la oscuridad de su cabaña, me dijo con voz profunda y lúgubre:
- Debes matar al duende.
Aquellas palabras resonaron en mi cabeza durante semanas, ya que el gurú no se molestó en añadir ninguna explicación a su sentencia.
De conciliar el sueño al alba pasé al insomnio, con la mente colapsada; tratando de dar forma ese duende del que debía ser el asesino. La búsqueda de aquella figura llenó la monotonía de mis días e invadió mis noches con despiadada insolencia. Pasaba las horas asomado al balcón, entre cigarro y cigarro, buscando sentido a las palabras:
MATAR AL DUENDE
Los días se convirtieron en parpadeos, las semanas en viajes de ida y vuelta de mi cuarto a la cocina; los meses, en duchas de agua caliente a mitad de julio. Estaba totalmente estancando, hundido hasta las rodillas en un apático pantano. Las conversaciones con los amigos se me volvieron aún más amargas, ceniza los besos y el alcohol me sumía en un pozo del que no podía ver la salida.
Nada, no había nada en mi vida.
Sólo el objetivo, mi desconocida víctima, el duende.
El duende, el duende, el duende, el duende, el duende, el duende.
Dejé de lado mis fantasías y mis letras y mis hojas llenas de memeces que tanto bien me hacían.
Fue entonces cuando comprendí.
Por mi odio natural a los relojes, no sabría decir cuánto tiempo pasó desde mi enigmática visita al gurú hasta el día en que, al fin, comprendí. Lo único de lo que me percaté fue de la desaparición del dolor. Y, amargamente, reconocí a mi duende: mi amor por la escritura; mi devoción al folio y a la letra era causa de que la vida no fuera para mí más que una tarea taciturna y penosa. Yo quería escribir mis cuentos con estrellas en lo más profundo del firmamento. Llegué a amar tanto a mis fantasías; les tenía tanta y tan poca merecida estima, que me dolía todo mi ser al verlas relegadas al burdo papel y a la mísera tinta.
Aquel mismo día, decidí dejar de escribir, maté a mi duende.
Fue, como a mí me gusta llamarlo, mi bendita lobotomía. Se fueron el dolor y la incertidumbre, y di la bienvenida al mundo de las personas y sus fiestas de antifaces, no me costó encontrar un nuevo trabajo y atender a las conversaciones sobre política, deportes y la cesta de la compra.
Ya no sufro de insomnio y madrugo todos los días.
Se podría decir que casi me he convertido en (oh, dios mío) un reloj que da la hora exacta. Casi tengo con la certeza para asegurar que sí, que soy feliz. Pero, de vez en cuando, echo de menos a mis dragones de plata y latón, mis lluvias de sombras y mi gente diminuta viviendo en los zapatos de los animales… joder, incluso podría asegurar que añoro aquel intenso dolor que tanto me corroía. Aquel dolor que sólo era mío y de nadie más.
redkoket@hotmail.com
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2 comentarios:
Me ha gustado mucho este relato. Maldito duende verde :). Quizás también podía haberlo matado escribiendo relatos algo menos líricos y más reales ;). Un saludo señorita
Hola. Soy el autor de este relato que has colgado en tu blog sin ningún permiso.
Me gustaría que lo borraras inmediatamente. Y que te lo pienses un par de veces antes de apropiarte del trabajo de otra persona.
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